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Un virus oportunista


En el año 1025 de nuestra era, un muchacho inglés cuyo nombre era Robert Cole fue adoptado de forma no oficial por un embaucador que recorría los pueblos del sur de Inglaterra prometiendo remedios a enfermedades que no tenían cura. La ignorancia occidental sobre la medicina estaba controlada por la incipiente iglesia que desde hacía dos siglos había cuestionado todo lo que a sus miembros no les gustaba. 

Para ello, se mantenían las sangrías, una falta de higiene exponencial y una intervención divina como remedio eclesiástico. Cole, que había perdido a su madre a causa de una  apendicitis, decidió que para aprender medicina debía dirigirse a personas que en realidad supieran. Y la encontró en una tribu judía que según su máximo exponente, había aprendido en Persia de la mano de Ibn Sina más conocido por su nombre en latín de Avicena. Tras dos años de camino, Cole se presentó en la Persia del Sha, actual Irán, disfrazado de judío y ocultando su cristiandad.  Los conocimientos médicos del maestro eran excepcionales, dejando su manifiesto en sendos volúmenes de cómo tratar muchas de las enfermedades de la época. Como Cole, que fue su alumno aventajado, no solo mantenía que el uso de una higiene personal y general evitaba la propagación de infecciones, sino que tuvo que enfrentarse a la burda ignorancia religiosa y el poder del Sha. Hasta que junto a Cole, se enfrentó al ataque de la peste bubónica que pudo paliar gracias al empleo de equipos de protección individual del personal sanitario de la universidad de la ciudad del Sha y la prevención eliminando las ratas del lugar. 

Sin embargo, murió por los excesivas exposiciones a enfermedades y Cole tuvo que huir de aquella ciudad por el fanatismo religioso que consideraba que la investigación científica, como era la autopsia a los cadáveres y disección de cuerpos para saber con qué se enfrentaban, lo consideraban un sacrilegio y una ofensa a Hala. 

La religión en la edad media se interpuso en el avance médico de hombres brillantes cuyo único objetivo era el de servir a la humanidad y aprender cómo erradicar las enfermedades que les azotaban. En Europa, esta intervención del poder eclesiástico se trasladó hasta bien entrado el siglo XIX. Y baste citar como ejemplo la injusticia hacia Miguel Servet que fue quemado en la hoguera por afirmar que la sangre circulaba entre el corazón y los pulmones. 

Como entonces, los poderes fácticos que hoy nos gobiernan, impiden la autopsia a los cadáveres de las víctimas del coronavirus. El baile de cifras donde se mezcla a enfermos de diversas patologías con los infectados por coronavirus, la asfixia económica de los autónomos y PYMES, la propagación del miedo por parte de los medios de comunicación. Donde es imposible concertar cita previa con el médico de cabecera, dónde los ambulatorios y centros de asistencia primaria están virtualmente vacíos y no atienden a otros enfermos (véase los fallecidos por falta de asistencia en primera instancia), nos invaden con el colapso de las camas UCI y declaraciones de algún que otro personaje que según él, ha pasado el coronavirus y relata las secuelas y ha sido curado, pero no indica en ningún momento que exista una cola de camas en los pasillos con enfermos por coronavirus ni la cantidad de los enfermos que fallecen a causa de otras patologías o por una edad muy avanzada. Actualmente incluso, en España, se ha creado un ministerio de la verdad, tal y como describiera George Orwell en su célebre 1984, para evitar la propagación de opiniones como esta que está usted leyendo. Un atentado en toda regla a un principio básico de la democracia, la libertad de expresión. 

Que ante un virus de diseño y con el que sólo funciona un tipo de vacuna que es el que destruya su ADN, la única solución es la inmunidad biológica natural donde las defensas del cuerpo identificarán  al virus como una agresión de las que nos llegan a cada momento. El contagio es inevitable y pensar en encontrar una vacuna que garantice una inmunidad total a corto plazo es una utopía irrealizable, ya que se necesitarán años para resolver una vacuna efectiva. 

Vivimos un tiempo de cambio brutal y las cosas ya no serán como eran, el control gubernamental cada vez es más férreo en España y el resto del mundo. Y el único bastión que quedaba frente a la globalización de la élite impulsada por Soros, ha caído vilmente con un pucherazo increíble en unas supuestas elecciones democráticas.  Y para ello se utilizó el miedo a través de los medios, y no hay nada más fácil de controlar que a una población que está confinada por miedo.

Ralf B Leepman.


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